Muchas Nueces y Poco Ruido.

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30 enero 2009

pintura expresionista el GritoYa empezó el año, tan indiferente, como nunca. Otra vez el viento pasa, la brisa despreocupada mueve torpemente una que otra idea en mi cabeza: no logra nada. Antes esto me hubiera sacudido, hoy me mantengo en pie como si nada.
El sol sigue allá arriba. Los días pasan y quién sabe cuánto pasa con ellos. Y a mí no se me mueve un solo pelo de la cabeza. Lo veo todo tan indiferente. Tan banal, tan intrascendente, tan nocivo pero inocuo para mí. Tan pasajero.

Hay silencio, en alguna parte. Y lo escucho. Y lo veo: es como un arroyo que lleva agua, hacia algún lugar, pero nadie sabe dónde. Me corrijo, yo no sé hacia dónde. Y quiero saberlo.
Se siente tan duramente blanda la vida, valga la contradicción. Además, si hay algo contradictorio, eso es la vida y si hay algo paradójico es el hombre. Yo simplemente estoy en el medio tratando de abrirme paso hacia algún lugar, uno cualquiera.
No me lamento demasiado, hasta ahora viví una buena vida, valga la redundancia. Y la contradicción. Pero no puedo ser deshonesto y es cierto que esperaba mucho más.
Más de esto. Más de todo. Más. Y no estoy siendo ambisioso. Mas todo se escurre tan prontamente de entre mis manos que uno quisiera retener algo.
¡Jamás pensé que la vida fuera tan desoladora! Yo venía jugando con muñecos, me divertía. Era chico, la pasaba bien. Pero luego llegó el tiempo de jugar mis cartas y vaya a saber (cuándo sabré) si las jugué bien.
Decir que me siento vacío es poco. Me siento etéreo. Soy etéreo. Me temo que ni huellas dejo. Camino sin pisar. Evanescente.
Y en el fondo deseo con toda mi alma poder gritar, muy fuerte. Que mi clamor se escuche en el fin del mundo y que el fin del mundo venga a buscarme.
Un poco de ficción en esta realidad.


Alguien que me invite a compartir sueños en la cama. Alguien que me diga que los sueños no son eternos. Alguien que me pellizque por las noches y me despierte de mis pesadillas. Alguien que me haga reir y llorar. Alguien que me bese cada vez como si fuera una despedida. Alguien que me haga sentir vivo.
Y viceversa.

Especial Padres: Buscando un Nombre para tu Hijo

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21 enero 2009

Torta Adolf Hitler humorEsta es la noticia: "Una compañía de tortas se negó a realizar uno de sus productos para un niño de tres años cuyo nombre es Adolf Hitler Campbell. Los padres de este chico tienen otras dos hijas menores que se llaman JoyceLynn Aryan Nation Campbell, de 1 año, y Honszlynn Hinler Jeannie Campbell, de siete meses."

La pareja, escandalizada por el acto de discriminación, no podía creer que una empresa se negara a hacerle la torta de cumpleaños a Adolf. Cuando el caso tomó estado público la pareja —que esperaba que ajusticiaran a la panadería— perdió la custodia de los niños.
Sin embargo parte de la policía se resistía a separarlos de sus padres, porque sostienen que no están en peligro ni han sido maltratados. El caso está lejos de una definición.
Fuente muy-dudosa-no-pongo-las manos-en-el-fuego: periodismo.com
[Editado] Acabo de revisar Crítica y es cierto nomás: Artículo de Crítica
Piensan tener más hijos y estos son algunos de los posibles nombres:

—Benito Stalin
—Nojews Intheworld
—Killall Thejews
—Auschwitz Inmyheart
—Iam Afucking Bastard
¿Qué se hace con esta gente? ¿Hay que dejarla vivir tranquila, como si nada?
Aún peor, ¿cómo les dejan poner esos nombres a sus hijos? (No se en que país será)
Y no me vengan con la mierda de que "ellos son libres de llamar a sus hijos como quieran" ó "mientras no le hagan mal a nadie".
Asco me da esa gente.

En ese caso yo voy a llamar a mi hijo "Pelotudo".
—Hey Pelotudo, vení acá...
—¡Pelotudo, hacé la tarea!
—¡Bien Pelotudo, te sacaste un 10!
—¡Miralo al Pelotudo con la mina que anda!

—Y usted, Pelotudo, ¿acepta por esposa a esta mujer?
—Si, acepto.

¡Pero sí, si este es un maravilloso mundo!

Tan Sólo unas Lineas. O De Cómo Darles Sentido.

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07 enero 2009

Ya hace un cuarto de siglo... 25 años intentando buscarle la vuelta a la vida, porque aunque sé (y me conformo bastante con este pensamiento) que "vida útil" es un espantoso concepto de vida y por qué no de utilidad también; digo, que me encapricho intentando encontrarle un sentido a la vida. Todavía estoy en eso. Trato de (sobre)vivir como cualquier otro mortal, pero aún así sigo buscando ese "algo". Carajo, en algún lugar debe haber algo...
No puedo separarme de esta idea. De darle un sentido a la vida. No me refiero, por supuesto, a los terminos convencionales: "ser alguien" ¡Bah!... Basura...
Me refiero a otra cosa, que si supiera explicarmela a mí mismo, con todo gusto la escribiría acá para compartirla con ustedes. Es que me aterra haber pasado por acá sin haberme llevado a nadie. No es la muerte, no. Sé muy bien que un día de estos...
Supongo que en cualquier momento "algo" va a aparecer. En eso estoy. Desde hace 25 años.
La inútil idea de utilidad me enferma. Pero lo pienso. Lo busco. El sentido. Todo debe tener un sentido. "Este lado hacia arriba"

Plantearmelo como un cuarto de siglo no solo asusta, conmueve...
Pensarlo de otra forma es aún peor: supongamos, en el mejor de los casos (y estoy siendo muy generoso) que viva hasta los 75 años. ¡Mierda! ya viví un tercio de mi vida, quizás hasta el más importante. Aunque en el fondo estoy convencido de que los 25 del medio deben ser los mejores, los 25 primeros los más excitantes y ¿los últimos 25?
No lo sé, pero algo bueno deben tener. Si el señor alzehimer no golpea a mi puerta creo que voy a estar por demás de agradecido, para lo otro existe el viagra...

Creo que al final debe estar bueno eso, la acumulación de experiencias (que por otra parte desearía con toda el alma tener mejor memoria) llegar a una edad en que uno acumula cierto bagage de conocimientos (al margen: ¿por qué me interesa tanto eso?)
25 años llevo sin entender casi nada. Sé como atarme los cordones, eso me reconforta...

Y por alguna estupida razón quiero que en el periódico del 7 de enero del 2100 un enorme recuadro cite: "Efemérides: Un 7 de enero nacía..." (Esta vez, los puntos suspensivos significan algo)

De Navidad...

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24 diciembre 2008

El mundo de JackSe acerca navidad, faltan horas para noche buena. No se como será en otros países, pero en Argentina lo que vale es noche buena. Cenar tarde, esperar la medianoche bebiendo preferentemente, qué digo, exclusivamente alcohol. Cuando son las cero horas del 25 estallan fuegos artificiales por donde se mire (aunque con los años se fue perdiendo la cantidad). Se toma mucho más alcohol, a esa altura a nadie le importa si en realidad existe Papá Noel. Brindamos. Festejamos. Nos abrazamos como tontos niños inocentes. Reímos, vaya a saber uno por qué. Brindamos. Descorchamos otra botella. Llenamos vasos que ayer veíamos medio vacíos. Brindamos.
Los chicos corretean por todos lados rompiendo las pelotas, sería el azúcar que se les sube a la cabeza. Nosotros correteamos por todos lados rompiendo las pelotas, sería el alcohol que se nos sube a la cabeza. Reímos. Recordamos. Olvidamos. Brindamos.
Ni idea tenemos lo que comimos, pero podríamos hacer una lista exacta de cada sorbo que le dimos a nuestro vaso (que ahora está medio lleno). Conversamos. Reímos. Brindamos.
Los recuentos del año, pronto en irse. Los: "¡Uy! te acordás..." ó "Este año pasó volando..." ó "Estuve haciendo dieta para las fiestas.." ó "Me iba a poner a dieta, pero al carajo: Feliz Navidad!"

Los pendejos cada vez más hincha pelotas, ahora reclaman sus regalos, exigen que el gordo de rojo les deposite sus regalos debajo del arbolito de navidad. Aunque claro, a esta altura la mayoría sabe que son sus padres y el reclamo puede ser más directo, por tanto los pibes no entienden una estupida tradición que dice que recién después de medianoche van a recibir sus regalos.
Y parece que el azúcar de los dulces y los chocolates saturan el cerebro, porque se ponen insoportables. Y cuando abren el regalo, no es lo que ellos querían. No hay que darle tantos dulces a los niños. Reproches. Pero se conforman. Se ponen a jugar con la caja del regalo.

Y parece que el alcohol del vino, la cerveza y el champagne saturan el cerebro, porque se ponen insoportables. Y cuando abren otra botella, no es lo que ellos querían. No hay que darle tanto alcohol a los hombres. Reproches. Pero se conforman. Se la toman igual.

La noche pasa rápido, porque cuando uno la pasa bien, la noche pasa rápido; es una ley de la física, en esto no miento.
Entonces llega una hora en que se brinda de nuevo. Algunos comienzan a seleccionar meticulosamente botellas (por no decir encanutarse), para el camino de ida. Los viejos se quedan en lo suyo, una especie de fiesta que la vemos muy lejana. Nosotros nos vamos con nuestras botellas a otro lado, a salir, a recorrer la noche llena de gente.

Somos un grupo de amigos buscando algún lugar para poder festejar nuestra navidad (vaya excusa). Pero nadie sabe por qué o qué se festeja, podríamos festejar Hanuká o lo que sea. A nosostros lo que nos importa es que la ciudad por esa noche va a estar en llamas y llevamos leña y carbón. Todos están de buen animo, abiertos al dialogo, todos ríen, hasta diría que las mujeres son más buenas y... No, eso último sería un verdadero milagro de navidad. Pero lo cierto es que se palpa en las calles de nuestra ciudad alegría y festejos por obra y arte del alcohol en cantidades insospechadas.
Entramos a los "boliches" y el clima es el mismo, todos celebrando quién sabe qué (y repito: a nadie le importa, mucho menos a mí). Todo eso no importa, lo importante es la fiesta. Intentamos torpemente "conquistar" alguna chica, mujer. Hablamos. Reímos.
Todo importa tan poco.

Seguimos tomando alcohol hasta que asoma el sol y nos dice "basta muchachos, ya se les fue la mano." Entonces reprochamos: "Pero... señor sol, estamos tomando una copita con amigos, estamos de fiesta festejando navidad." Él no nos hace caso, entonces nosotros tampoco.
Igualmente la gente comienza a irse y tímidamente nosotros también.
Cuando salimos a la calle hay basura por todos lados, botellas vacías, Papá Noeles tirados en el piso, borrachos y dormidos en alguna resaca. Cenas que hacía unas horas atrás estaban exquisitamente ordenadas sobre una mesa, ahora estaban desparramadas por el piso.

Emprendemos nuestra vuelta. Ya queda poco para hablar. No hay ganas de brindar. Seguimos ríendo, pero ahora, más que nunca, sin saber por qué...
Así pasamos la navidad. Hay detalles que dejé pasar, so pena de la extensión.
Quizás sea una de las fiestas que más disfrutamos, porque a la semana viene "Año Nuevo" y se repite todo otra vez.

Sea donde sea que estés, no te deseo una Feliz Navidad. Digamoslo así, ¡te deseo Felices Fiestas!

El Mensajero

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15 diciembre 2008

"En algún lugar, en algún momento, la noche va a ganarle al día. Esa batalla ancestral de permanencia, de turnos, de horas señaladas, de pactos hechos a través de la eternidad, de rotación continua, continua armonía, fluído celeste, estelar, galáctico, universal, unívoco, cíclico, unidireccional, repetitivo a través de la historia, de la historia. Noche tras noche y día tras día, todos sabemos que en algún momento eso va a terminar."
El mensajero ha hablado y por alguna razón no entiende por qué el cielo se esta cayendo. Cae directamente encima suyo.
Un cielo celeste, azúl, inexplicable. Inexplicable porque hay cosas que no pueden explicarse cuando no se las reconoce y ese cielo, ese día, estaba inexplicable. Cayéndose. Desmoronándose tan lentamente como cuando las olas se rompen con bravura en la orilla de un viejo muelle. El basto cielo caía en pedazos, solo que nadie lo notaba. Es demasiado inmenso como para notar movimiento en él. La caída precipitada tan solo provocaba una leve brisa, ondulando algún que otro cabello de su cabeza.

Nadie lo notaba. El mensajero era el único que sí lo hacía. Por alguna jugarreta del destino él era el único en la superficie terrestre que notaba el desprendimiento de tan magnánima obra de la naturaleza. Claro que eso lo asustaba. De reojo intentaba conseguir complicidad de alguien, mas era en vano. Ya nadie se detenía a observar las estrellas, mucho menos a un pálido cielo celeste.
Angustiado, solo le restaba seguir contemplando aquél hecho histórico y final de la historia misma. El cielo se caía en pedazos y él era el único que lo notaba. Él lo había predicho. Él sabía que esto iba a ocurrir y caso omiso, oídos sordos, indiferencia permanente por aquellas mentes obtusas, aquellas mismas que ahora no podían contemplar el fin del mundo.

Tampoco sabía exactamente por qué caía el cielo, por qué el fin del mundo. Pero el mensajero sabía que ahí estaba, siendo testigo del fin de todas las cosas.
La perturbación y exaltación de aquél lisérgico momento solo se apaciguaba cuando recordaba que él había sido el mensajero que advirtió a la humanidad de su fatal destino. Eso en algún punto lo tranquilizaba.
El hecho es que no podía dejar de mirar hacia arriba. Ese hipnotizante cielo, ese azul sagrado, ese aire puro y divino.

El mensajero había llegado al final de su vida. La humanidad que lo juzgaba de loco, no.

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